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Abrazar nuestro dolor: comentarios tras el tsunami en Asia de 2004

París, Francia — Toda la especie humana está de luto… En los últimos días he hecho ofrendas de incienso y he recitado el nombre de Buda cada día para enviar energía a las víctimas y a sus familias. Todo el mundo está conmocionado por el desastre ocurrido en el sudeste asiático.

Indonesia y Sri Lanka han sufrido más que ningún otro país. El tsunami golpeó incluso las costas de África, y allí cientos de personas han perdido la vida. Aunque estemos sentados aquí, una parte de nuestro corazón y de nuestro cuerpo también ha muerto.

Muchas personas de países de Europa del Norte, como Suecia, habían viajado a esa zona para pasar las vacaciones en un lugar tranquilo, no contaminado y cálido, adecuado para tomarse un descanso, y en unos instantes el tsunami acabó con sus vidas. Los científicos dicen que el sudeste asiático hubiese contado con un sistema de alerta, que algunas de esas personas podrían haber escapado de esa catástrofe. Un sistema de aviso habría ofrecido cuatro horas y muchos hubieran podido abandonar las zonas costeras. Sin embargo, aunque hubiese habido un sistema de alerta, ¿cómo habrían dado aviso a la gente corriente, a todas esas personas que no tienen una radio o una televisión, a todas esas personas que trabajan en la mar o en tierra, a los niños?

Aunque la mayor parte de los occidentales que perdieron la vida en el tsunami eran, sobre todo, turistas que huían del frío del invierno, algunos de los fallecidos estaban ahí para desarrollar una labor humanitaria. No fueron a pasar las vacaciones sino a ofrecer su ayuda.

Este desastroso acontecimiento nos insta a mirar con hondura y a reflexionar sobre la condición humana. Los cristianos llevan siglos debatiendo sobre la razón de que exista un sufrimiento de este tipo. ¿Por qué Dios, creador del mundo y de todas las especies que habitan en él, permite que exista tanto sufrimiento? Este ha sido un tema de discusión para los teólogos a través del tiempo.

En el budismo hablamos de causa y efecto. Decimos que debemos soportar las consecuencias de nuestros actos. Pero la gente se pregunta: ¿cómo puede ser que un niño de tres o cinco años haya hecho algo tan malo que lo lleve a perder a sus padres o incluso su propia vida? ¿Cómo se puede explicar la ley del karma?

Esta catástrofe nos plantea muchas preguntas tanto a los budistas como a los cristianos. Los creyentes cristianos dicen: ¿cómo puede Dios, que ama a la humanidad, dejar que ocurran cosas como esta? Los budistas preguntan: ¿cómo puede ser que niños inocentes y personas con las mejores intenciones de ayudar a los demás, que realizaban una labor humanitaria, hayan cometido crímenes tan graves que merezcan morir de esta forma?

Algunos responden que, aunque no hayan cometido ningún crimen en esta vida, puede que sí lo hicieran en una vida anterior. Es alguna de las respuestas que solemos dar.

A la edad de cuarenta años, el poeta francés Victor Hugo perdió a su hija, de veinte años. Esa hija se llamaba Leopoldine. Victor Hugo sufría intensamente y le pidió cuentas a Dios. Ella también murió ahogada. Era una tierna flor que empezaba a abrirse y una ola se la llevó de repente.

Después de la muerte de su hija, Victor Hugo regresó a Villequier, su ciudad natal. En un poema titulado En Villequier escribió: «Siempre vemos un único lado de las cosas. El otro lado se hunde en la oscuridad de un misterio terrorífico. El ser humano sigue el yugo sin conocer las causas. Todo cuanto ve es breve, inútil, pasajero».

Victor Hugo apela a Dios: «A vos llego, Señor, en quien creer debemos, llevándoos, ya tranquilo, trozos del corazón de vuestra gloria lleno, que vos habéis herido. Convengo en que vos solo sabéis lo que debéis hacer, y el hombre es como el junco que está a merced del viento».

El ser humano es impotente, no vale nada. Esa es nuestra condición. Solo Dios conoce el sentido de sus actos y nosotros, sus criaturas, no comprendemos lo que hace. Los teólogos han tratado de ofrecer alguna explicación. Algunos dicen que si no sufriésemos, no maduraríamos. Por eso, Dios quiere que lloremos, que suframos, y así tener una oportunidad de madurar. Para algunas personas este es un razonamiento aceptable, pero para otras no lo es.

En Plum Village hemos estudiado el ciclo del samsara y el renacimiento. Sabemos que en el budismo popular las enseñanzas sobre la reencarnación se basan en la creencia de que existe un yo, un alma. Según esta creencia, cuando alguien muere, renace en forma de persona o de animal. Hay fe en la continuación del yo. Al morir no cesamos de existir totalmente, continuamos bajo otra forma: eso es lo que llamamos ciclo de nacimiento y muerte.

Pero según las enseñanzas budistas más profundas, debemos comprender el renacimiento a la luz del no yo. La base de las enseñanzas budistas es la enseñanza del no yo. Si entendemos tanto el renacimiento como la causa y el resultado de la acción partiendo de la idea de un yo, no hemos alcanzado aún el nivel más profundo de las enseñanzas budistas.

Del mismo modo, la cuestión del mal también debe ser dirimida a la luz del no yo..

Cuando alguien se pregunta: ¿por qué tengo que padecer sufrimiento y calamidades mientras otros viven despreocupados?, ¿por qué debe padecer tal desgracia un niño inocente?, la mayoría de las respuestas que recibimos se basan en la existencia de un yo separado. Sabemos que basar nuestro pensamiento en la idea de un yo separado muestra que aún no hemos encontrado una respuesta congruente con las enseñanzas de Buda.

Asuntos como la causa y el efecto, la retribución y la reencarnación deben dilucidarse a la luz de las enseñanzas del no yo. Hemos estudiado el karma según las enseñanzas de la escuela de psicología budista llamada solo manifestación, y hemos constatado que existe un karma individual y un karma colectivo.

Podríamos esperar que gente del sudeste asiático que nació, creció y vivía allá fuera afectada por el tsunami que azotó ese lugar. Pero ¿qué llevó a miles de occidentales a encontrar allí la muerte? En estos momentos, miles de occidentales ignoran aún si sus seres amados han sobrevivido, y sus esperanzas disminuyen a cada hora.

Cuando un avión se estrella y mueren todos los pasajeros menos uno, nos preguntamos por qué no murieron todos, por qué sobrevivió esa persona. Esto nos muestra que el karma tiene tanto un aspecto individual como colectivo. Cuando descubrimos el principio de lo individual y lo colectivo, empezamos a resolver una parte importante de la cuestión. Si avanzamos hacia una visión profunda del no yo, poco a poco descubriremos respuestas más cercanas a la verdad.

En la guerra de Vietnam, tanto el país como sus habitantes sufrieron una gran devastación. ¿Por qué murieron precisamente esas dos millones de personas y no otras? Si estudiamos esta cuestión con detenimiento, veremos que incluso aquellos que no murieron también murieron de otra forma.

Es evidente que cuando muere un ser amado, la persona que muere sufre menos que aquellas que sobreviven. Por tanto, el sufrimiento es una cuestión colectiva, no individual.

Victor Hugo llevó una vida de poeta, buscando y observando todo profundamente. Eso confiere a su poesía una naturaleza meditativa. Sus poemas contemplativos están reunidos en un volumen titulado Les Contemplations. Contemplar significa mirar con profundidad.

Victor Hugo también descubrió que el destino del ser humano es un destino colectivo y vio, por un instante, la naturaleza carente de un yo de todo lo que existe. Cuando un miembro de nuestra familia tiene un accidente, toda la familia sufre. Cuanto ocurre un accidente en una parte de nuestro país, ocurre en todo el país. Cuando ocurre un accidente en una parte del planeta Tierra, le ocurre a todo el planeta y todos lo padecemos.

Cuando nos damos cuenta de que su sufrimiento es nuestro sufrimiento, de que su muerte es nuestra muerte, empezamos a ver la naturaleza de no yo. Cuando prendo un incienso y rezo por aquellos que han muerto en el tsunami, veo con claridad que no estoy rezando únicamente por los muertos: también estoy rezando por mí mismo, porque yo soy también víctima de ese terremoto.

Nosotros también hemos muerto. Los muertos no son 155000. Cuando amamos, vemos que somos la persona amada. Si esa persona muere, nosotros también morimos. Aunque estemos sentados aquí y tengamos la impresión de estar vivos, en realidad también hemos muerto. Lo que le ocurre a una parte del cuerpo le ocurre a todo el cuerpo.

La especie humana y el planeta Tierra son un mismo cuerpo. Yo tengo la impresión de que la Tierra está sufriendo, que este tsunami es un grito del planeta que se retuerce de dolor. Es un lamento, una llamada de auxilio, un aviso.

Hemos vivido sin amor ni compasión mutua. Nos destruimos unos a otros, maltratamos a nuestra madre Tierra. Y la Tierra se agita, gime, sufre. La Tierra es madre de todas las especies. Nos hacemos sufrir unos a otros y hacemos sufrir a nuestra madre. Los terremotos son campanas de plena conciencia. El dolor de una parte de la humanidad es el dolor de toda la humanidad. Debemos verlo y despertar.

En el pasado, cuando había un desastre natural como una inundación, un terremoto o una epidemia, en los países asiáticos los dirigentes creían que no habían cumplido con lo que se esperaba de ellos como gobernantes y que esa era la razón de que su país y su pueblo hubieran sufrido un desastre natural.

Cuando se producía un desastre natural, los gobernantes en Asia se entregaban a la práctica del vegetarianismo y a la oración y dormían en un colchón sobre el suelo. En la corte, también los ministros solían comer vegetariano, rezar y dormir en el suelo durante semanas.

En esa práctica hay algo muy recomendable. Significa que el gobernante ha asumido su responsabilidad. Ha visto que él mismo, por su manera de vivir y de gobernar, había permitido que su país sufriera esos desastres. Seguir una dieta vegetariana y dormir en el suelo era la forma en la que el rey y sus ministros practicaban empezar de nuevo. Hay algo hermoso en ello. Pero nuestros políticos no tienen la misma visión de la vida, y esas tradiciones se han perdido.

Nosotros no somos ni monarcas ni políticos, pero cuando nos hacemos conscientes del sufrimiento y de las desgracias que padecen la Tierra y la especie humana, también deberíamos seguir una dieta vegetariana y dormir sobre el suelo. Nosotros también necesitamos renovarnos, mejorar, porque el karma es colectivo.

Todos nosotros, de algún modo, hemos contribuido al karma colectivo. Hasta un punto, todos debemos asumir cierta responsabilidad por un desastre que padezca cualquier parte de nuestro planeta o la especie humana. Cuando alguien muere, nosotros morimos; cuando alguien sufre, nosotros sufrimos; cuando otros se desesperan, nos desesperamos nosotros. Esa es la visión profunda del no yo.

El darse cuenta de Victor Hugo es el comienzo de un descubrimiento, de una realización que va más allá de la idea de un yo separado. Cuando vemos la naturaleza carente de un ser de los acontecimientos dolorosos, podemos aceptarlos y no protestar contra Dios o contra el destino de la humanidad.

En la obra taoísta Tao Te King hallamos estas palabras: «Los cielos y la Tierra son injustos si consideran perros de paja a todas las especies. Los seres sagrados son inhumanos si también consideran perros de paja a todas las especies».

«Perros de paja» son aquellos que no merecen consideración alguna, que no tienen ninguna importancia. Si los cielos y la Tierra engendran innumerables especies de seres solo para que sufran y mueran, la Tierra y el cielo son realmente inhumanos.

Los seres sagrados en este texto son los gobernantes, los emperadores. Las órdenes del emperador eran consideradas normas sagradas. Las opiniones del emperador eran consideradas pensamientos sagrados. Los gobernantes determinan el destino de su pueblo. Deciden si subyugan a su pueblo o si van la guerra, y por eso pueden ser tan inhumanos como la Tierra y el cielo. Estas palabras son una protesta contra el destino de la humanidad.

Pronto recitaremos el nombre de nuestro maestro, Buda, y de los bodhisattvas Manjushri, Samantabhadra y Avalokiteshvara. Deberíamos generar energía de compasión y de plena conciencia como un cuerpo de sangha. Deberíamos abrazar el planeta Tierra mientras rezamos por todas las víctimas y sus afligidas familias.

Algunos pueden llorar abrazados a otras personas. Otros no tienen a quién abrazar mientras lloran. Nosotros deberíamos rezar por nosotros mismos, porque también somos víctimas de este terrible desastre que acaba de ocurrir.

Les ruego que miren profundamente. Tenemos una oportunidad de hacer crecer nuestra comprensión. Deben mirar con hondura, lo mismo si provienen de una tradición cristiana, judía o budista. La clave de nuestra contemplación es la ausencia de un yo.

Victor Hugo era cristiano; encontró una manera de trascender el yo separado. Nosotros debemos mirar profundamente y ver que somos las personas que han muerto. Somos ese huérfano, somos ese niño. Solo al contemplar de esta forma podremos aceptar y clarificar el tremendo dolor que hoy padecemos.


Este artículo es un extracto de la charla del Dharma ofrecida por el maestro de meditación Thich Nhat Hanh en Plum Village (Francia) el 30 de diciembre de 2004.

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Thich Nhat Hanh January 15, 2020

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